Salí de casa para tomar decisiones no domésticas, bajé trece escalones de piedra, doblé una esquina forrada de carteles viejos, crucé una calle cortada por obras y al llegar al parque un árbol me miró a los ojos, como no dijo nada seguí avanzando intimidado. Junto a una farola con la puertañuela de corriente abierta vi un diminuto arcoiris intermitente con una combinación de colores alternativa a la usual, pensé que el cable rojo decolorado que asomaba tendría algo que ver. Ya estaba ascenciendo al cerro, cuando lo este bajando no se verá mi casa, ni la de ningún vecino, podré decir que me he ido. No sabía, cuando salí de casa, que me iba. El relente pasa de la fina hierba a mis botas sobre las “Zetas sordas” que pueden oírse con cada paso. Llegando a la cima hay una valla con la prohibición de chapa clavada en uno de sus postes, luego recordé que me estaba yendo y salté la valla, como sentía culpa, doble el cartel de prohibición e hice como si no hubiera podido verlo por su deterioro, a mi me suele funcionar; pero como el sentimiento persistía llegué a la conclusión de que la culpa al final era hambre. Por eso me detuve en un manzano que estaba más alto que la propia cima, a pesar de no estar exactamente sobre esta. Lave la manzana con una manga y la mordí sentado en uno de los brazos del árbol. La manzana era pequeña, dura, ácida y verde. Una pátina hecha de lágrimas de una vieja tristeza que no fue llorada, me invadió los ojos y el horizonte se destensó un instante, luego volvió a enfocarse todo.
miércoles, 9 de marzo de 2011
LA ESPERANZA ES ASIMETRÍA
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